jueves, 13 de junio de 2013

Diuvio
Comentarios del autor: Esta historia es un cooperativo con un amigo Francisco Eyras el hizo la historia y yo alguna que otra corrección :p

Era una fría mañana de otoño, de las primeras heladas del año, cuando Gilberto estaba tomando el café con leche y medialunas que acostumbraba desayunar. Luego de su rutinario desayuno se abrigó bien y salió, sin más vueltas, a dar su rutinario paseo, en las caminatas él pensaba en su familia, ah… su familia… como extrañaba a su familia, a su hermano, su padre y su abuela, miles y miles de kilómetros los separaban hace años y el buen Gilberto todavía los recordaba como si acabara de estar con ellos, también pensaba en cómo sería su vida si hubiese nacido normal, pudiendo ver, quizá a sus 54 años ya estaría casado, con hijos, el punto es que cuando sus pensamientos lo abrumaban decidía regresar a su humilde monoambiente, que, después de todo, para una persona que vive de su pensión por discapacidad, era lo mejor que podía pedir, la cuestión es que esta vez, Gilberto se quedo fantaseando hasta muy tarde, lo que Gilberto solía hacer cuando quería regresar era darse la vuelta y caminar, pero esta vez Gilberto había caminado tanto que había agarrado por una diagonal, cuando quiso regresar no pudo, camino y camino hasta que sus cansados pies no le respondieron, se sentó a descansar bajo un árbol, y, lentamente, se quedó dormido en la fría oscuridad.
Cuando Gilberto despertó estaba congelado, su vieja espalda estaba dolorida, había dormido en el césped de la plaza, decidió no moverse mucho, ya que no recordaba en qué dirección había venido, y no importaba, solo quería buscar ayuda. Más tarde escuchó la voz de lo que parecía ser un grupo de jóvenes que estaba cerca, pregunto si le podían llamar un taxi, y los jóvenes le preguntaron cuánto dinero tenía, el les dijo: -Francamente no lo sé, gracias por preocuparse, ¿podrían contarlo por favor?- y después de pronunciar esas palabras, sacó su billetera y se la dio al chico que había preguntado, para sorpresa y disgusto del buen y ahora pobre Gilberto, el chico le arrebató la billetera, lo tumbó de una trompada y les gritó a los demás -¡La tengo, corran, nos vemos donde ya saben!- y sin más, Gilberto escuchó desde el piso como huían con la poca plata de su pensión de ciego.
Una vez que recobro la conciencia, el viejo Gilberto estaba muy adolorido, hambriento, se levantó lentamente, con la ayuda de su bastón, y comenzó a caminar, ahora simplemente hacia el otro lado de donde habían ido los estafadores que abusaron de su discapacidad pues no quería más problemas, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero ahora un simple recuerdo de su familia, o de tan solo un momento de los miles que paso en su humilde hogar, le sacaba una lágrima de sus inútiles ojos, que se confundían con la suciedad de su cara, ya estaba atardeciendo cuando al desafortunado Gilberto le cayó una gota en la helada mano que sostenía el blanco bastón, el viejo se apresura a encontrar un lugar techado, finalmente se sentó bajo el techo de un puesto de diarios, y trató de dormir, no podía, lo abrumaba la impotencia, la tristeza y el miedo, también un poco colaboró la lluvia, que desde hacía media hora que no paraba de caer, cada vez mas fuerte hasta que el agua le entró por su zapato, el agua helada le hizo dar un brinco, ¿Qué haría si no paraba de llover?.
La impotencia del viejo iba en aumento, sus preocupaciones quedaban de lado frente a esta situación, ¿qué hacer frente a lo que nada te deja hacer? Sobre todo si se es ciego, solo podía confiar en una cosa, estaba solo y pase lo que pase, no se iba a mover de a vereda, pues el agua le llegaba ya a las rodillas, y empezaba a sentir que la fuerte y  helada corriente lo arrastraba, el tiempo apremiaba, pues cada vez llovía con más potencia, no dudo un segundo en sujetarse del poste de luz que estaba a unos metros de donde estaba parado y pudo detectar con su bastón. Allí hizo lo único que podía hacer, esperar, esperar algo, que pare de llover, que lo vengan a ayudar, cualquier cosa, lo que venga primero, ese pensamiento lo abrumaba aún más.
El agua helada le llegaba ahora al pecho, llegaba a distinguir algunos gritos y llantos entre el ensordecedor diluvio, los viejos y fatigados brazos de Gilberto ya no le respondían, Gilberto comenzó a sentir un dolor insoportable en el brazo derecho que se hizo más grande cuando, un auto, vacío, llevado por la corriente del agua le chocó el brazo derecho con el cual se sujetaba del poste, El agua subía cada vez más y Gilberto no podía subir ya que tenía el brazo atascado y no conseguía moverse, el agua le llegaba ya hasta la frente, el viejo no tenía otro deseo que sacar la cabeza  para poder respirar, en cuestión de minutos el mal afortunado de Gilberto se convirtió en una estadística, un número de muertos de una tragedia, otra víctima más, nunca volvería a ver a su familia, el pobre Gilberto… 

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